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11/3/15


Alcanzo a oír el grito de la loba.

Un eco que sacude las montañas,
limpio
misericordioso.

Un alud que se demora sobre mi cuerpo.

22/2/15

Hoy he visto arder el monte. He visto el fuego en los ojos del cordero. Su calidez ha sido mi calidez; una lengua sobre el cuerpo. Te cubriré la frente con cenizas, me dijo aquella vez, y yo pensé en los prados en verano, en los cerezos, vi a los pájaros morirse en la arboleda.

He visto arder el bosque, digo. He visto correr al corzo, atravesar las carreteras, los viñedos, entrar en las casas de los hombres. Allí han bebido y han comido. Les dimos veneno y ellos mordieron nuestros dedos. Les dimos veneno para que se fueran. ¿Acaso lo hicieron? ¿Acaso abandonaron nuestro sueño?

He soñado. Puedo revelar y revelo todos estos datos: algo de lo que he escrito aquí es cierto. He visto arder el monte esta mañana. Yo estaba desnuda. Tenía la boca seca, los pechos secos, el pelo limpio.

19/10/14

Ardo en este bosque inexplorado. Tomo entre mis manos las cortezas, tiernos tallos que me hieren en las palmas, flores nunca antes alcanzadas por los hombres. Ardo y la piel se me desprende de la carne. Soy el hueso el esqueleto de la orquídea, un levísimo temblor entre las hojas.

(...)

28/7/13

No era en modo alguno como las otras. Tenía la belleza, los largos cabellos dorados, las manos veteadas del azul más asombroso. Tenía como ellas la luz en la mirada, cierta luz perdida por los hombres hace tiempo y solo reencontrada por medio de su cuerpo, de su amor salido de otro mundo. Otras tantas cosas la hacían semejante a las muchachas, ciertas cosas pequeñas o no tanto, pero la suya era otra pasta por entero. Y así lo comprendían los jóvenes del pueblo, así lo sabía él que la quería. Que tú eres diferente, le decía, que tú niña valiente te meces como los juncos y no como las hembras. 

1/5/13



A veces en los sueños yo también brotaba de la tierra. No como los niños, pues cómo la pureza en este cuerpo, cómo la blancura si mis manos están negras, pero sí de algún modo como la zarza, como el árbol que perdura tras el fuego. 


23/4/13




Aquí los hijos nacen de la tierra. Se sacuden bajo el árbol, devoran las raíces, se vierten como la luna sobre los ojos del que mira. Salen limpios de la madre, y así como vienen van creciendo, siempre blancos estos niños, siempre de leche la piel y los colmillos. 




5/4/13



Y entonces sucedía. Brotaba de la tierra el sonido de su canto, era el bosque el santuario, guardaba entre las ramas la risa de las niñas. Yo corría como el lobo, pensaba, quizás me acepten entre ellas, quizás mi cuerpo liso se erice entre sus brazos, se crezca como la flor en primavera. Quizás muchacha y no mujer logre el amor nunca encontrado, este que se palpa en el rostro de la morena, en la sonrisa de Isabella y en la mirada, siempre franca, siempre cálida como la piel del niño o la del ave.

(...)

19/2/13


La niña dice algo. La niña dice el animal que cabalga entre los árboles. Aquí su boca es como la flor, se abre, bebe de la lluvia del verano, de la sangre pálida que se desliza por el pecho descubierto. Se sacia con la historia, esta niña, con el recuerdo fugaz de la otra vida, de aquella en la que fue quizás oruga en una hoja, quizás quién sabe, puede que alondra o mirlo o nada de eso. 

Fuera sopla el viento, manso como el perro de la calle o la caricia.

20/1/13


De los hombres de los páramos solo saqué que vivían en los bosques desde siempre. Si sabían más no hablaban, quizás porque también ellos temían, porque de algún modo aquellas niñas eran como lo innombrable. Probé con los más jóvenes, con aquellos que cazaban animales en los bosques y los servían en las casas, relucientes de sangre. Pero nada obtuve de ellos. A veces el sonrojo, otras el temblor de los labios. Nada sabemos, negaban, nada sabemos de aquellas a las que nombras.


(descarte de los niños, los salvajes)

29/12/12


Corren niños por la casa. Ahí están sus voces, la brevedad de la risa, el juego que irremediablemente los sacude, poniendo patas arriba los cuartos, el servicio de té sobre la mesa. Uno de ellos habla, guía a la manada, es una suerte de líder joven y valiente. La muchacha los observa, ahora sorbe el té, en esta tarde diáfana, tranquila pese a todo, pese a los niños que corren y a las mujeres de la casa, pese a las voces que se alzan y sacuden las altas cristaleras de la sala.

No saben que ella las escucha. No saben, estas mujeres, que allí hay una que no les pertenece. Esta niña vieja, que dirán algunos, que es la muchacha que no juega. Hermosa a su manera, también valiente, no es ni de los unos ni de los otros, pero a todos observa. A todos conoce, en esta tarde, en este tiempo. De todos sabe aunque no quieran, de los niños y las viejas, de la criada que trae bollos, un poco de leche para la señora. Y aunque no habla, todo lo dice con los ojos, y si alguien se fijara en ella sabría, sabría de qué modo, con qué intensidad desea la muchacha ser hombre para huir, ser niño de los páramos, volver a ese lugar oscuro que es el bosque donde habitan Isabella y su nidada.

26/12/12


Sonríen los muchachos con sus dientes de luna, con la sangre aún resbalando por las bocas abiertas, por las lenguas calientes y rosadas. Alguien sostiene a la más joven, alguien la lleva entre sus brazos como a un fardo. Sorben la savia, la sangre pálida que se derrama, y nada dicen cuando se les pregunta.

El mayor llora acongojado. En las manos queda el rastro del desastre, esa luz que guardan las más niñas en los cabellos, entre los dedos largos que acarician los troncos de los árboles. Dirán después que jugaban a la caza, que no era de los nuestros, no, no era la muchacha. Dirán que de noche miraba como los lobos, que temían por los hijos, que la muerte la acechaba. Y mientras el mayor, callado como la tumba, beberá de la sangre derramada, beberá para encontrarla de nuevo, la luz, el calor tenue de la muchacha.