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21/1/16

 –Pero no le pediremos tanto, ¿verdad que no?
 Los mellizos se ocupaban de la galería. Las sábanas eran aireadas en el jardín. Los colchones se sacudían con esmero. Las polillas nocturnas caían muertas a sus pies, se deshacían en un polvillo blanco y venenoso. También nosotros nos desharemos, algún día, decía Klara. Béla contemplaba entonces a su hermana; se la habían arrebatado, le habían quitado las mañanas con ella, las noches. ¿Le gustaba su nueva situación? Aquel lecho único, carnal, recogía todos los vapores de sus cuerpos. Bajo sus camisones, las niñas ocultaban sus senos, sus vientres, sus caderas pálidas y lisas. El sudor les perlaba la frente y las axilas. Una noche, Béla las contempló mientras dormían. Sólo Klara poseía la elegancia innata de la ninfa. Ada era voluptuosa. Leonora, transfigurada, se sacudía dominada por sus sueños. Ambas habían sido alcanzadas por la enfermedad: eran demasiado mayores. Sólo los mellizos y el pequeño Misha se sostenían en equilibrio sobre la inocencia de la carne. Aprecio tus esfuerzos, hermana querida, pero es demasiado tarde. El deseo ha sido inoculado. 


(descarte de Los niños celestes)

2/1/16

Pero la nieve se resistía. Su blancura conmovía a los habitantes de la casa. Leonora la sostenía entre sus manos, la acariciaba con lentitud, deslizándola sobre sus mejillas como un llanto silencioso. Béla posaba los dedos sobre sus párpados. Klara lamía el borde de sus labios. De la nieve extraían el dominio de las cosas, la sabiduría. Eran criaturas invernales. Cuando nacieron, las calles y los caminos estaban cubiertos. La madre los señaló y marcó el destino de los hermanos: estos niños serán hijos del invierno. Serán pálidos y azules, y así lo fueron. Leonora enfermaría cada primero de junio. La fiebre se extendería a lo largo de una semana; después convalecería hasta el otoño. Su debilidad sería latente, seria, algunos días la alejaría del piano y de la casa. Por eso celebró la crudeza del invierno. La nieve, dura, sostenía el peso de sus botas. Los mellizos se la llevaban a la boca. Misha se tendía sobre ella, la amasaba suavemente con los dedos.  En el cuaderno las notas adquirieron nuevas direcciones. La nieve será el lecho del durmiente. Será alimento y saciará la sed de los hermanos. La nieve, y la caligrafía se expandía, dominadora, habrá de penetrar en la muchacha.  


(descarte de Los niños celestes)

21/4/15


El invierno había adquirido una presencia sólida en la casa. La escarcha formaba flores quebradizas en los cristales. Los fuegos estaban apagados. Sobre la cama de la galería, hecha con pulcritud, los insectos erigían altares a sus dioses. Allí las polillas se alimentaban de las almohadas. Arañas diminutas se prendían del cabecero de hierro, hilando sus madejas sobre las sábanas. Nadie dormirá en la cama de la galería, se había escrito en el cuaderno. Pero Leonora rezaba junto a ella sus plegarias. Con un fervor desconocido, alzaba la vista hacia la oscuridad naciente. En aquella hora el frío se volvía mortuorio. El jardín helado la acompañaba. Desnuda, erguida nuevamente, atravesó la quietud salvaje de las flores.
-Madre querida - pronunció - no te tengo miedo.

2/2/15

Había en la casa una habitación para las bestias. Para la caza del padre, que tiempo atrás había disfrutado abrillantando su fusil, las botas ahora abandonadas a su suerte. Era un cuarto hecho a la medida de Leonora. Un sepulcro de animales silenciosos, frágiles, retenidos para siempre en una extraña rigidez, una ausencia de la vida que asolaba sus miradas. Leonora disfrutaba acariciándolos. Palpaba aquella carne desecada, inerte, las pieles y las plumas de las aves, y algo se erizaba en su memoria. De niña los había bautizado. Se había confesado ante la sólida presencia del zorro y de los cuervos, hincadas las rodillas en el suelo. Ahora las criaturas la observaban. Entregadas al polvo y a la luz, se sostenían solas, alimentándose del tiempo transcurrido, del paso inevitable de los años.