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3/7/16


Poseo todavía la juventud. Un tajo y el cabello cae: el verano me acaricia los hombros. He contemplado tus manos vestida de domingo; te he contemplado, quieta, entregada a la rectitud. Tus manos grandes, digo, imaginadas largo rato, memorizadas como se aprende aquello que será irremediablemente arrebatado. Hay en mí una nueva animalidad, feroz. Un deseo que se relame. Tengo las piernas blancas de las muchachas hostiles. Los pasos alados del pájaro joven e inexperto. Cómo rodearte, cómo acceder a la caricia. Mi cuerpo como ofrenda ante tus ojos. Una transacción sencilla: el cuerpo por las manos. El tacto como una sanación. Tú, que todo lo sabes de la carne. Qué no sabrán tus manos, me pregunto.

1 comentario:

  1. «Existe un canto de la sangre, de la carne y de los nervios», escribió Cioran. Yo agregaría «y también existe un canto de los insectos y de la foresta».

    Saludos, Dara!

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